martes, 4 de noviembre de 2008

Caída en un contacto clandestino

Frente Paracentral, informe de una matanza

"Mayo Sibrián" fue capturado en 1984, salió libre por un canje de prisioneros, relató a sus compañeros la crueldad con que había sido torturado, pero también su estupor por la cantidad de información que tenía el enemigo.

Geovani Galeas/Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com

Comandante Mayo Sibrián, jefe máximo del frente paracentral

La primera estancia de "Mayo Sibrián" en el frente paracentral duró hasta principios de 1984, cuando le fue asignada otra misión en la ciudad capital.

Unos meses después, a las diez de la mañana del día 16 julio 1984, "Mayo Sibrián" caminaba por las cercanías del cine Jardín, en el municipio de Mejicanos, al norte de San Salvador. En dirección contraria, en la misma acera y a unos veinte metros, se aproximaba Arnoldo Bernal. Los dos hombres se vieron a la distancia y detuvieron la marcha simulando no conocerse. Ambos echaron una ojeada escrutadora al entorno. Se trataba del chequeo y contra chequeo típico de un contacto clandestino.

El rápido apreciado de la situación les indicó que no había problemas. El encuentro tenía por objetivo un cruce de informaciones sobre una operación, de considerable importancia, que ya estaba en curso en su fase preliminar: las FPL se tomarían de manera simultánea dieciséis emisoras radiales para difundir un comunicado rebelde. Una unidad guerrillera bajaría del volcán de San Salvador, al día siguiente, para apoyar esa acción. Concluida la misma, "Mayo Sibrián" partiría con dicha unidad rumbo a Chalatenango, pues su situación de seguridad en la capital se había complicado en las últimas semanas.

Los dos hombres decidieron realizar el contacto y continuaron caminando. Ninguno de ellos estaba armado. Repentinamente, cuando ya estaban a menos de cinco metros de distancia, un auto grande se detuvo junto a "Mayo Sibrián", y cuatro hombres fornidos descendieron y se le fueron encima a golpes.

Arnoldo Bernal se paró en seco, y supo de inmediato que él no estaba en el radar de los agresores. El cuadro era claro: alguien había delatado el contacto clandestino, o al menos el movimiento de "Mayo Sibrián" en esa zona y a esa hora precisa. Poco después hubo sospechas de un infiltrado en Chalatenango.

Arnoldo Bernal vio que su compañero comenzó a batirse a puñetazos y patadas como una fiera. Entonces, sin mucho pensarlo, corrió y se sumó a la pelea, pero otros cuatro hombres le cayeron repentinamente por detrás. Las fuerzas eran abrumadoramente desiguales y los dos guerrilleros fueron reducidos en pocos momentos. Luego los subieron en dos autos y se los llevaron esposados, encapuchados.

Arnoldo Bernal fue conducido de inmediato al cuartel general de la Policía Nacional, donde comenzaron a interrogarlo y torturarlo. A "Mayo Sibrián" lo llevaron al mismo lugar pero muchas horas después, ya en la noche. "Ya iba bastante maltratado, lo habían estado torturando brutalmente", recuerda Arnoldo Bernal. Ese tratamiento se prolongó durante más de dos meses, en los que tanto "Mayo Sibrián" como Arnoldo Bernal estuvieron en calidad de "desaparecidos" en las celdas de la Policía Nacional.

Poco antes de la caída de los dos guerrilleros, el ERP había herido y capturado a un capitán del ejército nacional, Napoleón Medina Garay, en un combate en san Juan Nuevo Edén, al norte del departamento de San Miguel. Ese capitán estaba acusado de haber perpetrado una masacre de civiles en 1981, en el cantón el Junquillo del departamento de Morazán. A pesar de ello, el ERP decidió canjear al militar y a otros oficiales igualmente capturados por la guerrilla, a cambio de la libertad de cuatro dirigentes rebeldes y de un salvoconducto para la salida, con la intermediación de la Cruz Roja Internacional, de un contingente de combatientes que se encontraban gravemente heridos en diferentes frentes de guerra.

El canje se concretó el 27 de septiembre de 1984, fecha en que los guerrilleros liberados y los heridos abordaron un avión que, luego de algunas escalas, llegó a Suecia. "Mayo Sibrián" estuvo muy poco tiempo en ese país, pues partió a Cuba a seguir un tratamiento clínico especial.

En La Habana, y después en Managua, "Mayo Sibrián" contó a muchos de sus compañeros la crueldad con la que había sido torturado, pero no solo eso. También expresaba su estupor ante la cantidad de información que tenía la policía sobre las estructuras clandestinas de la guerrilla: nombres, casas, rutas, redes, planes, en fin, información que sus interrogadores habían manejado ante él en fallidos intentos por sonsacarle lo que sabía, aseguraba. Y, claro, todo eso se corroboraba con el hecho de que él mismo hubiese sido delatado. La infiltración enemiga, por tanto, era un hecho y era muy grande. De eso no le cabía ninguna duda.

Por ese tiempo, y mientras estuvo en el exterior del país en recuperación, principalmente entre La Habana y Managua, "Mayo Sibrián" se aficionó a la lectura de libros y manuales relacionados con las técnicas de inteligencia y contrainteligencia. Algunos de los que conversaron con él en ese periodo recuerdan que, entre esos materiales de consulta, dos lo habían impresionado particularmente y los releía, citaba y recomendaba con frecuencia: "El documento Filipino", que era básicamente un recuento de cómo la CIA habría desarticulado la guerrilla Filipina a partir de un sofisticado proceso de infiltración de sus estructuras clandestinas. La otra fuente de consulta era, extrañamente, una novela de espionaje.

Se trata del best seller titulado "La clave está en Rebeca", de Ken Follet, una historia sobre las peripecias de las redes de espionaje durante la segunda guerra mundial. La particularidad argumental de ese libro consiste en que los protagonistas, poco a poco, van transformando sus misiones oficiales en obsesiones personales, y terminan desplegando sus actividades, entre las consabidas aventuras de amor y crimen, prácticamente en ese único plano.

http://www.centroamerica21.com/edicion82/pages.php?Id=511