jueves, 20 de noviembre de 2008

Noviembre sangriento (Primera parte)


La noche del jueves 8 de noviembre de 1989, el entonces coronel Mauricio Ernesto Vargas, se acostó con una extraña sensación. No era para menos. Desde hacía unos meses, el aparato de inteligencia de la Fuerza Armada había recolectado suficiente información sobre los preparativos de una gran ofensiva guerrillera.

El coronel había hecho de la Tercera Brigada de Infantería su casa, su oficina y su santuario. Ese era el cuartel más grande y con mayor número de efectivos en el país. Bajo su mando estaban los batallones propios de la guarnición y además los batallones de Reacción Inmediata Arce y Atonal. También dependían de él, de manera operativa, los destacamentos militares 3 y 4, que tenían sus sedes en La Unión y San Francisco Gotera, respectivamente.

La Sección II (grupo de inteligencia) de la brigada reportaba desplazamientos inusuales de las guerrillas. Tales informes no hubieran inquietado al coronel si no fuese por el hecho que reportes similares se estaban generando en otros cuarteles, incluyendo en el Estado Mayor Conjunto. Algo fuera de lo común estaba pasando.

Ocho años atrás, Vargas había dirigido el aniquilamiento de una columna guerrillera en el cantón Cutumay Camones, en el norte del occidental departamento de Santa Ana. El frente occidental guerrillero, llamado Feliciano Ama, nunca prosperó. Ese golpe lo mató antes de nacer. Entonces Vargas era un joven capitán de la Segunda Brigada de Infantería.

El resto de la guerra se la pasó en el oriente del país. Fue comandante del Atonal, el Destacamento Militar 4 y la Tercera Brigada. Sus antecesores en esos puestos habían sido los coroneles Salvador Beltrán Luna, Napoleón Calito y Domingo Monterrosa. Todos muertos en combate. Oriente era, pues, la Caldera del Diablo o como escribió un soldado en la pared de la abandonada escuela de Arambala: "Aquí es la tierra donde se rasca el tigre".

El coronel no estaba tranquilo aquella noche. Esa vez además de los reportes de movimientos guerrilleros, sentía un como presagio del infierno que se venía… a lo lejos como si nada, se oía música de carnaval en los barrios de San Miguel.

A varios kilómetros de donde cavilaba el coronel, una semana antes, en una casa espaciosa de la colonia Miramonte de San Salvador, un joven de unos 30 años, revisaba con cara de urgencia unos documentos. Medía 1.86 mts., blanco y esbelto. Vestía ropas elegantes y tenía el aspecto de un ejecutivo de éxito en alguna empresa transnacional. En realidad era el comandante guerrillero Claudio Armijo, miembro de la máxima dirección del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

Chico, como era su seudónimo, había entrado a la clandestinidad a los 16 años. A los 22 había sido promovido hacia la máxima dirección del ERP. Al igual que el coronel Vargas, al otro lado de la moneda, a Chico le habían tocado los frentes de guerra más difíciles. En 1982 fue uno de los principales mandos en la batalla del Moscarrón, donde el ejército había sufrido una seria derrota militar. Durante esos combates había sido capturado el segundo hombre en importancia en la Fuerza Armada, el coronel Francisco Adolfo Castillo.

Un año antes había sido herido en el frente paracentral. Dos años después fue capturado en Honduras y liberado debido a intensas gestiones de los gobiernos de Francia y México. En 1986 Chico se aferró, con una pequeña fuerza, en el Cerro de Guazapa, en donde resistió la poderosa embestida de la Operación Fénix de la Fuerza Armada.

Pero aquellos primeros días de noviembre, Chico tenía suficientes motivos para estar preocupado. Un periodista había estado en el despacho del general René Emilio Ponce, Ministro de Defensa, a quien iba a entrevistar. En el momento en que el general se levantó, el periodista vio casualmente un papel sobre el escritorio que decía URGENTE. Alcanzó a leer lo que parecía ser un informe sobre futuras operaciones guerrilleras.

Sólo unas horas después, el periodista, un colaborador de la guerrilla, le dio el informe a Chico. El comandante concluyó que había un infiltrado en los comandos urbanos guerrilleros. La ofensiva ya no iba a comenzar el siete sino el 11 de noviembre.

*Columnista de El Diario de Hoy.