jueves, 20 de noviembre de 2008

martes, 18 de noviembre de 2008

Ahora si......Frente Paracentral, informe de una matanza


Aquí está nuestro libro,ahora tiene la palabra Sánchez Cerén.

Berne Ayalá y yo hemos concluido la redacción del reportaje titulado Informe de una matanza. Grandeza y miseria en una guerrilla, del cual hemos presentado algunos avances. El libro, que es el primer volumen de la Colección Partes de Guerra, de Centroamérica 21, estará a disposición del público en librerías y otros putos de venta esta misma semana.

Geovani Galeas

Director Centroamérica 21

redaccion@centroamerica21.com

Berne fue guerrillero en las filas del Partido Comunista, yo fui militante del Ejército Revolucionario del Pueblo; ambos somos escritores. Había leído sus novelas y su magistral crónica extensa sobre la ofensiva insurgente de 1989, pero no había tenido contacto personal con él. Lo conocí hace un par de años, cuando le hice una entrevista televisiva a propósito del lanzamiento de uno de sus libros. Desde entonces no hemos cesado de hablar sobre la literatura y la guerra.

Hace poco más de un año decidimos embarcarnos juntos en la aventura de editar este periódico digital, cuyo corazón sería, y es, la sección titulada Partes de Guerra. Nos apasionaba la idea de relatar sistemáticamente todo lo vivido, visto, oído y sentido por nosotros mismos durante el conflicto, pero también, sobre todo, investigar y ahondar en la experiencia de muchos otros compañeros de las diferentes organizaciones que constituyeron el FMLN.

Así fuimos publicando crónicas y reportajes especiales sobre una gran diversidad de hechos y protagonistas de la guerra civil; relatando batallas heroicas y perfiles de jefes y combatientes excepcionales por su humanismo y arrojo combativo, lo mismo que pasajes sórdidos, vergonzantes, en los que se expresó a plenitud el lado oscuro y la miseria humana que también tuvieron lugar en las guerrillas.

En el curso de esas investigaciones fuimos descubriendo nombres, lugares y hechos inéditos, y encontramos una gran cantidad de mitificaciones, distorsiones, ocultamientos y llanas mentiras en la narrativa de la historia oficial de la guerrilla salvadoreña. El primer y más sobresaliente aspecto en este sentido fue la interesada sobrevaloración del papel jugado por varios comandantes, en sentido inverso al ocultamiento o indiferencia ante las gestas reales protagonizadas por combatientes rasos, cuyos nombres y hechos han quedado en el olvido.

Sobre todo eso fuimos hilvanando nuestras crónicas, hasta que, casi por casualidad encontramos una pista inesperada: entre 1986 y 1991, al interior mismo de las FPL, sin duda la más grande y poderosa de la organizaciones del FMLN, había tenido lugar una espantosa matanza de combatientes, a manos de sus propios jefes, bajo la acusación de ser "infiltrados del enemigo". Vagamente comenzamos a escuchar de cientos de ejecutados por lapidación, degollamiento o garrotazos. Lo espeluznante de esas primeras informaciones nos puso en guardia de inmediato, pues sospechamos que se trataba, por lo menos, de una exageración.

Sin embargo, decidimos investigar esos hechos. Providencialmente encontramos algunos contactos que nos pusieron en relación con varios combatientes y jefes de las FPL relacionados al frente paracentral. Finalmente viajamos a la zona muchas veces, y ahí en el terreno, en los modestos ranchos campesinos de los antiguos guerreros del paracentral, hoy olvidados y despreciados por la actual dirigencia del FMLN, escuchamos en palabras sencillas y directas los testimonios más desgarradores que hubiéramos podido imaginar.

A esos veteranos nadie les contó nada: ellos estuvieron en el lugar de los hechos, ellos vieron las ejecuciones, ellos conocen los nombres de las víctimas y de los asesinos. Sus testimonios apuntan irremediablemente a Salvador Sánchez Cerén como máximo responsable y autor intelectual de esas muertes. Esa gente, que comenzó y terminó la guerra, muchos de ellos militantes de las FPL desde inicios y mediados de los años setentas, habían guardado silencio durante todo este tiempo, y el solo recuerdo de aquella matanza de sus compañeros les quiebra la voz y les pone un brillo de dolor en sus ojos.

Poco tiempo después de la firma de los Acuerdos de Paz, Salvador Sánchez Cerén se atrevió a llegar a La Sabana, uno de los territorios del paracentral. Allí se reunió lo que quedaba de las FPL en la zona. Cuando quiso tomar la palabra, un campesino ya maduro lo interrumpió y con voz firme dijo:

-Antes que nada yo quiero pedirle una explicación, señor. Quiero que me diga por qué mataron ustedes a nuestros hijos combatientes.

Dilio, un guerrillero del paracentral que combatió casi toda la guerra en Chalatenango, y que ahora dirige junto a otros veteranos una de las asociaciones más importantes de lisiados de guerra, estaba junto a ese campesino, y nos cuenta:

-Ese momento fue impactante para los que estábamos allí, porque ese hombre dijo en verdad lo que todos nosotros teníamos en la mente. Yo el nombre de ese compa no lo sé, pero si me recuerdo que estaba bien encachimbado, y fue terminando de decir eso menió el corvo contra los ladrillos. Al oír el chirrín-chirrín del corvo, la seguridad de Sáchez Cerén lo rodeó rápido y ahí nomás lo metieron al carro y se fueron. Ni una sola palabra lo dejaron decir esa vez.

Allí también estuvo el capitán guerrillero Juan Patojo, quien nos confirmó esos hechos:

-Si esa vez estuvo perra la cosa. Si no se llevan a Sánchez Cerén a saber qué hubiera pasado, porque la verdad es que toda esa gente estaba bien adolorida. Si la cosa no pasó a más fue porque el comandante Giovani y yo medio calmamos a la gente a como pudimos. Pero a otros que querían aplacar la cólera de la gente con pajas yo les dije: No jodan, hombre, si este problema no va a terminar nunca, si no son perros los que estos hijueputas mataron. Y andar queriendo aplacar la rabia de esta gente con pajas políticas es como querer sanar un cáncer con una curita.

2 ¿Por qué mataron las FPL, y de manera tan brutal, a tantos de sus propios militantes y colaboradores civiles? La explicación de un hecho tan complejo no puede ser única ni definitiva, pero sí es seguro que al menos algunas de las claves residen en la historia de esa organización, en cuyo fundamento ideológico y tuétano doctrinario se registró, como los mismos dirigentes de las FPL lo han reconocido públicamente, un altísimo componente de sectarismo, dogmatismo e intolerancia.

Salvador Cayetano Carpio, el comandante Marcial de las FPL, se suicidó en 1983, en Managua, cuando sus propios compañeros lo acusaron de haber ordenado el asesinato de su segunda al mando, Mélida Anaya Montes (comandante Ana María), a quien un comando guerrillero le asestó más de ochenta puñaladas.

Quienes sucedieron a Carpio en la jefatura de las FPL dijeron que ese suicidio era una muestra de cobardía política, y que quien había sido el fundador y jefe máximo de esa organización, se había convertido en un lastre del proceso revolucionario salvadoreño, debido a su pensamiento sectario, dogmático y hegemonista. Ese pensamiento que por excluyente obstaculizaba la unidad de la izquierda, reconocieron autocríticamente entonces, había minado la historia de las FPL desde su origen.

En los años setenta, el Ejército Revolucionario del Pueblo y la Resistencia Nacional, sostenían que era necesario unir a la mayoría de la nación en contra del régimen militar autoritario y que, por tanto, era imperativa una amplia política de alianzas que incluyera a los sectores progresistas y patrióticos del país, en torno a un programa democrático. Carpio se opuso con el argumento de que esos sectores solo debían sumarse al proletariado, incondicionalmente, y en torno a un programa socialista.

La propuesta de una alianza política que fuera más allá de la izquierda comunista le parecía a Carpio, y a sus seguidores, una herejía solo concebible por traidores "a los verdaderos intereses de la revolución"; en suma, de gente más cercana al socialcristianismo y a la socialdemocracia que al marxismo-leninismo. Cuando Fidel Castro presionó por la unificación de la izquierda dispersa salvadoreña, a principios de los ochenta, Carpio aceptó a regañadientes aliarse a esos socialcristianos y socialdemócratas.

Pero puso como condición que la unidad se realizara en torno a las FPL y su programa; es decir, que los otros simplemente se sumaran a sus posiciones. En el libro de Marta Harneker Con la mirada en alto, historia de las FPL, Salvador Guerra, quien fuera el segundo jefe militar de esa organización desde 1983, declara lo siguiente al referirse a Carpio: "Se consideraba a sí mismo como la salvaguarda de los intereses del proletariado. Entonces, si las FPL eran la vanguardia, él, como persona, era la vanguardia dentro de la vanguardia, sin discusión".

Carpio consideraba sagrada dos consignas que se hicieron carne dentro de las FPL: que sus mártires serían implacablemente vengados, y que no se negocia jamás sobre la sangre de los mismos. Por eso se opuso radicalmente a la propuesta de terminar la guerra mediante el diálogo y la negociación. El problema es que Fidel Castro, los sandinistas, el resto de organizaciones del FMLN, y la mayoría de los dirigentes de su propia organización, estaban de acuerdo con esa propuesta.

Aferrado a su radicalidad sectaria, dogmática y excluyente, al menos según la versión oficial de las FPL, Carpio se fue quedando solo y al final fue derrotado; entonces habría ordenado el salvaje asesinato de Mélida Anaya Montes y, acorralado, optó por el suicidio. En teoría, sus sucesores entendieron la lección, pero los testimonios consignados en nuestro libro demuestran que el dogmatismo y la intolerancia, que hacen ver como traición cualquier disenso o actitud heterodoxa en relación al manual doctrinario, siguieron estando en la base de su pensamiento y su práctica.

Es cierto que, en aquella coyuntura aceptaron la unidad de toda la izquierda y la alianza más amplia con sectores no marxistas-leninistas, el antiguo FDR, dialogaron y negociaron con "el enemigo" y conquistaron la paz.

Pero, luego, ya finalizada la guerra, socialdemócratas y socialcristianos fueron de nuevo considerados traidores y expulsados de un FMLN ya controlado por las FPL y el Partido Comunista, volviéndose imposible, hasta la fecha, construir una alianza con ellos y con otros sectores políticamente moderados. Intolerancia es la palabra clave en esta historia.

3 Quien se acerque a estos testimonios sentirá, como Berne y yo mismo, la mayor condensación de horror, rabia contenida, dolor, dignidad humana, pero también el máximo nivel de perversión que se haya registrado durante la guerra.

Con este libro, que es en realidad un trabajo en progreso, pues aun nos faltan muchos testimonios por recoger, no damos una respuesta total a la tragedia acaecida en el frente paracentral, pero hemos podido establecer algunas de las preguntas claves sobre el asesinato brutal de más de mil combatientes y colaboradores civiles a manos de sus propios jefes.

Berne Ayalá y yo firmamos como autores, pero en verdad solo hemos sido los intermediarios de la voz, hasta ahora ignorada, de los protagonistas principales de esta historia: esos extraordinarios guerreros del frente paracentral de la guerrilla salvadoreña.

Esos testigos, sin excepción y sin ambigüedades. , adjudican la responsabilidad de los asesinatos a Salvador Sánchez Cerén. Ahora es él quien tiene la palabra, sea para volver a hablar de traición e infiltración, como lo ha venido haciendo, o para pedir perdón a las familias de sus víctimas e indicarles el lugar donde sus seres queridos fueron enterrados.

http://www.centroamerica21.com/edicion84/pages.php?Id=551

lunes, 10 de noviembre de 2008

¿Una operación de contrainteligencia?


Frente Paracentral, informe de una matanza

Mayo Sibrián persuadió a sus compañeros de haber mantenido una actitud íntegra durante su cautiverio. Fue reintegrado a la militancia y, además, promovido a responsabilidades superiores: la jefatura general de todo un frente de guerra.

Geovani Galeas/Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com

En la historia de las luchas revolucionarias, no es infrecuente que quienes son capturados y torturados terminen colaborando con sus enemigos, en el sentido de suministrarles la información que poseen. Pero también hay casos de quienes han logrado soportar el martirio, hasta la muerte, sin doblegarse. En teoría, un cuadro consolidado, un jefe, está más capacitado y dispuesto para la resistencia que un militante raso. Sin embargo, la realidad registra casos de combatientes que han resistido y de jefes que han traicionado.

En El Salvador, a lo largo del conflicto, se dieron ambas circunstancias. Al menos tres comandantes guerrilleros, de nivel de Dirección Nacional, terminaron siendo colaboradores del ejército, según lo afirmaron en su momento sus respectivas organizaciones: Moisés Arreola, de la Resistencia Nacional; Arquímedes Cañada, del ERP, y Miguel Castellanos, de las FPL.

Hay que decir también que otros comandantes guerrilleros con igual o superior jerarquía soportaron la tortura sin doblegarse: Salvador Cayetano Carpio, Lil Milagro Ramírez, Ana Guadalupe Martínez, Jeanette Samour, Américo Araujo, Facundo Guardado y Claudio Armijo entre otros. En todo caso, al salir de prisión, sea por un escape o por un canje, el militante tiene que someterse a un control o filtro especial por parte de los encargados de contrainteligencia de su organización.

Con toda probabilidad este fue el caso de Mayo Sibrián, que ya en La Habana debió rendir informes y ser evaluado. Los hechos indican que pudo persuadir a sus compañeros de haber mantenido una actitud íntegra durante su cautiverio, puesto que no solo fue reintegrado a la militancia sino que, además, fue promovido a responsabilidades superiores a las que hasta ese momento había ejercido: concretamente la jefatura general de todo un frente de guerra.

Esto permite suponer que la jefatura máxima de las FPL no solo vio en Mayo Sibrián un dirigente íntegro (lo que en el lenguaje tradicional de esa organización se conocía como un cuadro consolidado, por haber superado todas las pruebas posibles en la trayectoria de lucha), sino que también validó las conclusiones que él habría sacado respecto a la magnitud de la infiltración enemiga en las estructuras clandestinas de la guerrilla. Habría entonces que actuar en consecuencia, es decir: detectar y castigar ejemplarmente a los espías y colaboradores que el enemigo hubiera introducido en la organización.

Pero hay algo todavía más complejo en estos casos. Una vez producida la captura, la que muchas veces es seguida de una "desaparición" que implica no reportar la misma a ninguna autoridad administrativa o judicial, como suele ser natural en un estado de guerra, comienzan las desconfianzas de quienes son compañeros de armas del apresado.

Una vez comprobada la captura se produce un despliegue de las estructuras clandestinas para evitar que cualquier información que brinde el capturado sirva para golpear a las unidades guerrilleras. Pero el hecho de que no se reporte ninguna otra captura o desmantelamiento de bases, como resultado de la primera, no es motivo para suponer que no ha pasado nada, es por ello que las medidas de seguridad tomadas en contra de aquellos que una vez quedan libres han de volver a las filas, son drásticas.

En un nivel un tanto burdo, una vez producida la captura del guerrillero, se puede provocar un descalabro, lo que de inmediato delata al capturado. Pero puede ser que se trate de un trabajo más fino, que implique una colaboración más permanente con el ejército oficial, esta es la parte más delicada pues en ella es donde podemos hablar de un verdadero trabajo de inteligencia, lograr que jefes guerrilleros sigan trabajando en el máximo secreto con la Fuerza Armada.

En 1983, un año antes de la captura de Mayo Sibrián, el ejército salvadoreño había montado en San Vicente, corazón del frente paracentral, un proyecto modelo denominado Bienestar Para San Vicente, integrado al plan nacional de guerra conocido como CONARA, que replicaba las operaciones de pacificación de áreas específicas realizadas por los norteamericanos en Vietnam. Hacia 1992, la socióloga marxista chilena Marta Harnecker publicó el libro titulado Con la mirada en alto, historia de las FPL, basado en entrevistas con varios de los dirigentes de esa organización. Ahí, Salvador Sánchez Cerén, por entonces comandante Leonel González, se refiere a ese proyecto del ejército en los siguientes términos:

"Ocupaban las áreas de población civil para llevar a cabo su plan de acción cívica que consistía en llevarles profesores, abrir las escuelas, realizar algunas obras de infraestructura, instalar chorros, letrinas, llevar diversión a los barrios, a los cantones, asistencia médica, donación de ropas y víveres. Todo eso se llevó a cabo mientras realizaban la operación de exterminio contra las fuerzas guerrilleras. Y eso se iba complementando con todo un trabajo de inteligencia que, en aquella época no descubrimos, sino solo mucho después (...) Como el poder local que representaba al gobierno había sido destruido por nosotros, ellos tuvieron que empezar a construir una nueva forma de control, sobre la base de crear redes clandestinas de información. Una vez terminada la acción cívica, esas redes quedaban en contacto con la fuerza aérea y con la brigada".

Es imperioso referir que esa tendencia a ponderar un trabajo de inteligencia de nivel desproporcionado fue uno de los grandes errores de análisis estratégico del mando de las FPL. De ahí que la cura resultó ser peor que la supuesta enfermedad. Veamos: los planes del ejército que estaban encaminados a ganar la mente y corazón de las masas, eran más bien diseños políticos de guerra que buscaban arrebatar territorios controlados por la guerrilla y su influencia política en las masas.

Además, las operaciones militares son en cualquier caso una respuesta a la extraordinaria capacidad de combate de la guerrilla de ese período. Como lo hemos dicho en otros apartados de esta investigación, la pequeñez del territorio, la densidad poblacional y la altísima movilidad de la guerra llevó a ambos ejércitos a estar mezclados cotidianamente con la misma población civil y mucho de lo que uno u otro hacía en el terreno de combate siempre era conocido.

Ese rasgo de nuestra guerra tiene vetas de luz por donde quiera que lo observemos. La misma guerrilla tenía mucha información de los movimientos del ejército, pero esas informaciones no llegaban necesariamente por el conducto típico de una unidad de inteligencia o de infiltración, era la misma población la que contaba que había visto a tantos hombres armados pasar por equis lugar.

El que recibía la información era quien debía corroborar con sus propias unidades si eran fuerzas amigas u hostiles. Pero eso no es en modo alguno un plan tan bien articulado, como se quiere seguir argumentando para justificar las barbaridades cometidas. Un principio de todo ejército es contar con información de campo al momento de sus movimientos, para ello no requiere de ningún plan maquiavélico, más que moverse y tomar todo aquello que encuentre a su paso. La mejor información con la que cuenta es la que encuentra en el terreno.

El análisis hecho por Sánchez Cerén en aquel entonces bien pudo haber buscado descalificar el programa de acción cívica que siempre han implementado los norteamericanos en sus guerras de intervención, y nada mejor que acusar a los ingenieros, doctores, maestros, alcaldes, líderes comunales, de ser una red de trabajo de la inteligencia enemiga; el problema es que una vez hecho el análisis, torpe y simplista por cierto, se transmite a las jefaturas y militancias y lo que debió ser un estudio más serio, más bien sociológico, del estado de guerra y la vinculación de las masas, se vuelve un foco de ataque repleto de fantasmas que, unido a la doctrina purista de esa organización, pudo provocar los resultados que hoy conocemos con más detalles.

Esto prueba que, en la jefatura de las FPL y particularmente en su máximo comandante, Salvador Sánchez Cerén, existía la convicción de que en el frente paracentral estaba en curso una vasta operación de infiltración de informantes ("redes enemigas") en la periferia y al interior mismo de ese frente. Tomando esto en cuenta, y asociándolo a la ya descrita obsesión que Mayo Sibrián comenzó a experimentar en relación al tema de la infiltración enemiga, no es muy aventurado imaginar que, en el momento de evaluar la situación del frente paracentral, la Comisión Política de las FPL, a la cual pertenecía Mayo Sibrián, llegara a la conclusión de que era imperativo enfrentar con la mayor firmeza el problema en cuestión.

Precisamente por esos mismos días, finales de 1984 y principios de 1985, había tenido lugar un incidente en el paracentral. Pablo Parada Andino, (comandante Goyo), jefe militar de ese frente por entonces, había detectado problemas de disciplina y moral en los combatientes del batallón "Ernesto Morales".

Habiendo nacido, crecido y formado como combatiente y mando en esa misma zona, Goyo conocía perfectamente la idiosincrasia de sus hombres. Sabía que la mayoría de ellos venían combatiendo en las guerrillas desde principios, mediados o finales de los años setenta, enmontañados y alejados de sus familias, y que en esas condiciones era comprensible que se dieran periodos de cansancio y desmoralización. Sobre todo porque a esas alturas ya era evidente que la guerra, en lugar de tener un desenlace rápido, como se había presupuestado en la ofensiva general guerrillera de 1981, se prolongaría indefinidamente.

En esas circunstancias, Goyo y sus jefes tomaron una decisión poco usual, o en todo caso heterodoxa en relación al manual o la doctrina de las FPL, que contemplaba el máximo rigor contra el relajamiento disciplinario o el ablandamiento de la moral combativa de sus militantes: reunió al batallón en cuestión, les explicó el problema y les dijo que embuzonaran las armas y que se tomaran todos un mes de licencia para descansar y estar con sus familias.

Goyo sabía que existía el riesgo de que algunos ya no regresaran, pero su cálculo mental fue el siguiente: "Los que regresen son los auténticos combatientes, y con ellos, aunque sean pocos, si será posible llevar adelante una guerra cada vez más dura y agotadora".

La historia demostraría después, trágicamente que, lo que para el comandante Goyo era el comprensible cansancio del combatiente, en última instancia un problema relacionado a los ciclos de ascenso y descenso del entusiasmo, propios de la condición humana en general, para Mayo Sibrián, Salvador Sánchez Cerén, y para la mayoría de los miembros de la máxima jefatura de las FPL, era un signo evidente del trabajo de infiltración enemiga. Todo lo descrito anteriormente, permite suponer que Mayo Sibrián regresó al frente paracentral con una misión específica de contrainteligencia: detectar y aniquilar "las redes enemigas" infiltradas.

http://www.centroamerica21.com/edicion83/pages.php?Id=530

miércoles, 5 de noviembre de 2008

¿Infiltrados? (II)

Universo Crítico

Geovani Galeas
Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

A principios de 1985, Pablo Parada Andino, el comandante Goyo de las FPL, por entonces jefe militar del frente paracentral, detectó problemas de disciplina y moral en los combatientes del batallón guerrillero “Ernesto Morales”. Habiendo nacido, crecido y formado como combatiente y jefe en esa misma zona, Goyo conocía la idiosincrasia de sus hombres.

Sabía que la mayoría de ellos venía combatiendo desde principios, mediados o finales de los años setenta, enmontañados y alejados de sus familias, y que en esas condiciones era comprensible que se dieran periodos de cansancio y desmoralización. Sobre todo porque a esas alturas ya era evidente que la guerra, en lugar de tener un desenlace rápido, como se había presupuestado en la ofensiva insurgente de 1981, se prolongaría indefinidamente.

Entonces Goyo, junto a su equipo de mando, tomó una decisión poco usual en relación con la doctrina de las FPL, que contemplaba el máximo rigor contra el relajamiento disciplinario o el ablandamiento de la moral combativa: reunió a los efectivos del batallón, les explicó el problema, les dijo que embuzonaran las armas y que se tomaran todos un mes de licencia para descansar y estar con sus familias. Existía el riesgo de que algunos ya no regresaran, pero Goyo pensó lo siguiente: “Los que regresen son los realmente dispuestos a librar una guerra cada vez más dura y agotadora”.

La historia demostraría después, trágicamente, que lo que para Goyo era el comprensible cansancio del combatiente, un problema relacionado con los ciclos de ascenso y descenso del entusiasmo, propios de la condición humana, para la máxima jefatura de las FPL, encabezada por Salvador Sánchez Cerén, era un signo de infiltración enemiga.

En 1983, el ejército montó en los territorios del paracentral el programa Bienestar Para San Vicente, réplica de las operaciones de pacificación de áreas específicas realizadas por los norteamericanos en Vietnam. En el libro “Con la mirada en alto, historia de las FPL”, Sánchez Cerén explica que, si bien ese programa tenía un componente cívico, “eso se complementó con todo un trabajo de inteligencia (...) Como habíamos destruido el poder local del gobierno, tuvieron que construir una nueva forma de control, sobre la base de crear redes clandestinas de información que, una vez terminada la acción cívica, quedaban en contacto con la fuerza aérea y con la brigada”.

En 1986, Goyo fue asignado a otra misión y entregó el mando del paracentral al comandante Mayo Sibrián, miembro de la Comisión Política de las FPL, quien de inmediato implementó una operación de contrainteligencia para detectar y aniquilar las mencionadas “redes clandestinas” de infiltración enemiga. Cuatro años después, más de mil combatientes y colaboradores civiles de las FPL, acusados de trabajar para el enemigo, habían sido torturados y ejecutados por sus mismos jefes.

Hacia 1991, el otrora pujante frente paracentral había colapsado. Las ejecuciones masivas de jefes, combatientes y colaboradores civiles de las FPL habían provocado la deserción de lo que quedaba de la fuerza guerrillera, y también el éxodo y resentimiento de las familias de las víctimas. Fue hasta entonces que, ante la protesta de varios jefes intermedios, la máxima jefatura de las FPL ordenó el fusilamiento de Mayo Sibrián, colocándolo ante la historia como el único responsable de la matanza.

¿Pero Mayo Sibrián actuó en verdad por cuenta propia durante esos cuatro años de espanto, o solo dio cumplimiento a una orden emanada desde el mando supremo de las FPL? Esta es la interrogante que Berne Ayalá y yo hemos querido despejar en la investigación periodística que, dentro de un par de semanas, comenzará a circular como el primer libro de la Colección Partes de Guerra, de Centroamérica 21.

http://www.laprensagrafica.com/opinion/1170078.asp

martes, 4 de noviembre de 2008

Caída en un contacto clandestino

Frente Paracentral, informe de una matanza

"Mayo Sibrián" fue capturado en 1984, salió libre por un canje de prisioneros, relató a sus compañeros la crueldad con que había sido torturado, pero también su estupor por la cantidad de información que tenía el enemigo.

Geovani Galeas/Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com

Comandante Mayo Sibrián, jefe máximo del frente paracentral

La primera estancia de "Mayo Sibrián" en el frente paracentral duró hasta principios de 1984, cuando le fue asignada otra misión en la ciudad capital.

Unos meses después, a las diez de la mañana del día 16 julio 1984, "Mayo Sibrián" caminaba por las cercanías del cine Jardín, en el municipio de Mejicanos, al norte de San Salvador. En dirección contraria, en la misma acera y a unos veinte metros, se aproximaba Arnoldo Bernal. Los dos hombres se vieron a la distancia y detuvieron la marcha simulando no conocerse. Ambos echaron una ojeada escrutadora al entorno. Se trataba del chequeo y contra chequeo típico de un contacto clandestino.

El rápido apreciado de la situación les indicó que no había problemas. El encuentro tenía por objetivo un cruce de informaciones sobre una operación, de considerable importancia, que ya estaba en curso en su fase preliminar: las FPL se tomarían de manera simultánea dieciséis emisoras radiales para difundir un comunicado rebelde. Una unidad guerrillera bajaría del volcán de San Salvador, al día siguiente, para apoyar esa acción. Concluida la misma, "Mayo Sibrián" partiría con dicha unidad rumbo a Chalatenango, pues su situación de seguridad en la capital se había complicado en las últimas semanas.

Los dos hombres decidieron realizar el contacto y continuaron caminando. Ninguno de ellos estaba armado. Repentinamente, cuando ya estaban a menos de cinco metros de distancia, un auto grande se detuvo junto a "Mayo Sibrián", y cuatro hombres fornidos descendieron y se le fueron encima a golpes.

Arnoldo Bernal se paró en seco, y supo de inmediato que él no estaba en el radar de los agresores. El cuadro era claro: alguien había delatado el contacto clandestino, o al menos el movimiento de "Mayo Sibrián" en esa zona y a esa hora precisa. Poco después hubo sospechas de un infiltrado en Chalatenango.

Arnoldo Bernal vio que su compañero comenzó a batirse a puñetazos y patadas como una fiera. Entonces, sin mucho pensarlo, corrió y se sumó a la pelea, pero otros cuatro hombres le cayeron repentinamente por detrás. Las fuerzas eran abrumadoramente desiguales y los dos guerrilleros fueron reducidos en pocos momentos. Luego los subieron en dos autos y se los llevaron esposados, encapuchados.

Arnoldo Bernal fue conducido de inmediato al cuartel general de la Policía Nacional, donde comenzaron a interrogarlo y torturarlo. A "Mayo Sibrián" lo llevaron al mismo lugar pero muchas horas después, ya en la noche. "Ya iba bastante maltratado, lo habían estado torturando brutalmente", recuerda Arnoldo Bernal. Ese tratamiento se prolongó durante más de dos meses, en los que tanto "Mayo Sibrián" como Arnoldo Bernal estuvieron en calidad de "desaparecidos" en las celdas de la Policía Nacional.

Poco antes de la caída de los dos guerrilleros, el ERP había herido y capturado a un capitán del ejército nacional, Napoleón Medina Garay, en un combate en san Juan Nuevo Edén, al norte del departamento de San Miguel. Ese capitán estaba acusado de haber perpetrado una masacre de civiles en 1981, en el cantón el Junquillo del departamento de Morazán. A pesar de ello, el ERP decidió canjear al militar y a otros oficiales igualmente capturados por la guerrilla, a cambio de la libertad de cuatro dirigentes rebeldes y de un salvoconducto para la salida, con la intermediación de la Cruz Roja Internacional, de un contingente de combatientes que se encontraban gravemente heridos en diferentes frentes de guerra.

El canje se concretó el 27 de septiembre de 1984, fecha en que los guerrilleros liberados y los heridos abordaron un avión que, luego de algunas escalas, llegó a Suecia. "Mayo Sibrián" estuvo muy poco tiempo en ese país, pues partió a Cuba a seguir un tratamiento clínico especial.

En La Habana, y después en Managua, "Mayo Sibrián" contó a muchos de sus compañeros la crueldad con la que había sido torturado, pero no solo eso. También expresaba su estupor ante la cantidad de información que tenía la policía sobre las estructuras clandestinas de la guerrilla: nombres, casas, rutas, redes, planes, en fin, información que sus interrogadores habían manejado ante él en fallidos intentos por sonsacarle lo que sabía, aseguraba. Y, claro, todo eso se corroboraba con el hecho de que él mismo hubiese sido delatado. La infiltración enemiga, por tanto, era un hecho y era muy grande. De eso no le cabía ninguna duda.

Por ese tiempo, y mientras estuvo en el exterior del país en recuperación, principalmente entre La Habana y Managua, "Mayo Sibrián" se aficionó a la lectura de libros y manuales relacionados con las técnicas de inteligencia y contrainteligencia. Algunos de los que conversaron con él en ese periodo recuerdan que, entre esos materiales de consulta, dos lo habían impresionado particularmente y los releía, citaba y recomendaba con frecuencia: "El documento Filipino", que era básicamente un recuento de cómo la CIA habría desarticulado la guerrilla Filipina a partir de un sofisticado proceso de infiltración de sus estructuras clandestinas. La otra fuente de consulta era, extrañamente, una novela de espionaje.

Se trata del best seller titulado "La clave está en Rebeca", de Ken Follet, una historia sobre las peripecias de las redes de espionaje durante la segunda guerra mundial. La particularidad argumental de ese libro consiste en que los protagonistas, poco a poco, van transformando sus misiones oficiales en obsesiones personales, y terminan desplegando sus actividades, entre las consabidas aventuras de amor y crimen, prácticamente en ese único plano.

http://www.centroamerica21.com/edicion82/pages.php?Id=511

viernes, 31 de octubre de 2008

Guerra de guerrillas; La Fiesta

A las cinco de la tarde comenzamos a escuchar los primeros silbadores, la señal inequívoca de que había fiesta. Los cohetes sonaban como disparos de pistola veintidós. Es el 24 de diciembre, hace frío y sólo estamos los cuatro en el charral, no hay más que grillos y un radio National Panasonic donde Timo y el Peche escuchan una canción de José Luis Perales que habla de un marinero y de la navidad, (con esa música es que la radio de los militares ha logrado unas cuantas deserciones de guerrilleros, a cambio de un plato de sopa caliente y unos supuestos mil colones por el fusil).

Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com

Está decidido: no vamos a salir esa noche, nuestra navidad será dormirnos temprano en el charral, enjutos y dentro de una montaña de vainas de frijol que son un placer, es lo mejor que nos ofrece la vida a esas alturas de la historia. Mañana será 25 y la guerra sigue. Lo mejor que nos puede pasar ese día es no morir.

Timo dice que hubiese sido mejor estar en la zona de los campamentos, al otro lado del río, donde está el viejo Cirilo, Mafalda y Orlando Carabina, los tres jefes del mando conjunto del frente occidental. Al menos allá habrá un poco de música y además está la mayoría de compañeros, y Vilmita, el amor de sus amores.

El Peche dice que cada vez que escucha esa canción le dan ganas de llorar, pero es mentira, sólo está bromeando, aunque la verdad es que sí le recuerda sus días en la BRAZ, las grandes unidades de entonces, cuando hacían fiestas en los pueblos controlados por la guerrilla y las muchachas se desvivían por los elegantes guerrilleros del ERP, cuando meneaban el esqueleto al compás de la música de los Torogoces de Morazán. Ahora no podemos ni controlar nuestras emociones. El pobre Peche le pone un calzón a un chirivisco y se enamora.

Amado es el más sereno de todos, está de pie, fumando un Delta, sin el equipo ni el fusil, mirando a través de los matojos las lucecitas de los candiles o de los focos de las casas que comienzan a asomar. Acaba de recordarle al Peche los días en que se levantaba a mitad de la noche, se metía en la champa de alguna guerrillera, le hacía el amor (eufemismo del sexo tigre en el que se rompe el calzón con la técnica del comando) mientras ella se hacía la dormida durante los cinco minutos que él desahogaba sus penas. Por eso es que siempre pedía hojas de afeitar, aunque no le salía ni un pelo en la barba.

El Peche no pierde tiempo y le recuerda su manía de bañarse desnudo frente a las cipotas del campamento, no sin antes hacerse un masaje en el arma, así, mientras ellas lo ven, con o sin disimulo, piensen que lo tiene más grande que lo normal.

Cada quién es dueño de su mañas. Pero Amado es de alguna manera maldito. Recuerdo la ocasión que una unidad grande de guerrilleros se conducía al caserío Las Cañas para recoger abastecimiento, él iba adelante cuando vio apostados a unos soldados de una sección RECONDO que estaba emboscada, los detectó pero no se lo dijo a nadie ni se detuvo, siguió andando de lo más normal, porque uno o dos compañeros atrás de él iba alguien que no era de su agrado.

Puta, maestro, se peló, le digo yo. Quería ver cómo respondía ese cabroncito cuando sonaran los vergazos, me dijo. Llegó tan cerca de los soldados que se pusieron tan nerviosos y al momento de los disparos no pudieron acertar, pero le rompieron su boina negra y le dejaron un pequeño surco blanco en la cabeza, donde pasó la bala quitándole un puño de pelo.

Yo hablo poco pero me estoy mordiendo la respiración por dentro. Extraño tantas cosas que no sé cuáles son y tengo ganas de salir corriendo. Para entonces todavía no me había olvidado de una novia que dejé en el pueblo de mis abuelos, es un recuerdo tonto, porque estaba seguro que jamás la volvería a ver. Un guerrillero a esas alturas de la vida no es un héroe, menos un Robin Hood, es una pequeña mancha que se esconde entre los montes, tan insignificante que aunque haya muerto nadie lo sabrá, ni él mismo.

Un par de días antes estuve a punto de que me mataran bien galán y sin posibilidad de disparar un solo tiro. Timo y el Peche habían salido de civil a dar una ronda por el caserío Las Flores, nos quedamos Amado y yo, con cuatro mochilas, cuatro fusiles, cuatro equipos con munición, cuatro bolsos y no sé que más.

Ahí estábamos cuando un colaborador nos aviso que en nuestra dirección iban los soldados. Al ver entre las ramas vimos que era una gran cantidad de tropa. Amado se apostó y yo me tercié los tres fusiles restantes, incluyendo un maldito G-3 que andaba el Peche, me puse los tres equipos con munición y las tres mochilas, no sé cómo me pude levantar del suelo.

La idea era llevar esas cosas hasta donde los compañeros o esconderlas para no perderlas a la hora que nos reventaran a cuetazo limpio. Bajé por una veredita con aquellos bultos que no me dejaban ver bien, entonces escuché el ruido de los solados.

Ya me había metido en una zacatalera y cuando el viento movió las espigas los vi a unos cuatro o cinco metros. Me quedé quieto, y helado, no podía hacer ningún movimiento, ni podía tirar la carga pues la misión era salvar las armas, desde ahí comencé a regresar al lugar de origen con aquel montón de babosadas en el lomo, caminando como cangrejo, medio encorvado mirando las espaldas de aquella pacotilla de enemigos, hasta que topé con Amado.

Por una de esas casualidades los soldados se desviaron a pocos metros de donde estábamos, si yo hubiese bajado un minuto antes me hubieran jodido, y no es que me hubieran matado, con lo enredado que iba con los chirigotes, me hubieran capturado vivo. Tres horas después había envejecido unos cinco años.

De eso me estaba acordando, de la manera fea que moríamos en esos días, cuando comenzamos a escuchar los tambores de la música en varias direcciones. En el Amatillo y La Laguneta, donde había energía eléctrica, con seguridad habría alguna fiesta. No seamos pendejos, vamos a bailar, dijo Amado. La mirada de interrogación que le entregué fue suficiente para que me explicara: Enterremos los fusiles, nos llevamos las granadas y las dos armas cortas, dijo.

Los ojos del Peche comenzaron a brillar como luciérnagas y Timo se puso de pie, le dio volumen al radio y comenzó a bailar un sobaqueado supernatural. Estaba claro: yo era el emplazado, el más cuadrado de todos. Hay cosas que no las pueden explicar los manuales ni las ceremonias insustanciales de los comisarios políticos, porque hay días que el hombre animal quiere vivir aunque en ello se le vaya la vida.

Me puse de pie y abrí la mochila, recuerdo que para entonces tenía una camisa a cuadros de color azul, como de vaquero, sin decir nada, la saque y después de quitarme la guerrera verde olivo, me la puse. Los compañeros hicieron lo mismo pues todos teníamos una camisa de color para los momentos en los que nos infiltrábamos en la población, pero Amado y yo no teníamos pantalón de color, sólo verdes olivo de macártur. A esas alturas el Peche se había quitado las ataderas y se había bajado las mangas de los pantalones.

Amado y Timo se llevaron las armas cortas y el Peche y yo nos metimos una granada de cantarito en cada uno en las bolsas laterales de nuestros pantalones comandos.

No había oscurecido cuando comenzamos a salir del monte. Nos fuimos por la calle de la hacienda Los Apoyos, de ahí avanzamos un par de kilómetros y llegamos a un pequeño caserío llamado La Laguneta, era el más grande de las planicies que lindaban con el río Lempa, donde se encontraba nuestra zona de movimientos.

La fiesta era en la escuela y había mucha gente. Nos acercamos, hicimos un reconocimiento desde la oscuridad para cerciorarnos de que no hubiera soldados en la zona. Todo estaba en orden.

La música que se escuchaba mucho en el campo era la de Aniceto Molina, Alma Tuneca, Fiebre Amarilla, Los Sepultureros, y otras. Es fácil comprender que nuestro aspecto no iba a pasar desapercibido pues llevábamos botas, dos de nosotros al menos, pantalones militares y los cuatro una cara de bandoleros con la que no podíamos.

Entramos casi en cámara lenta, como si fuésemos Los Magníficos, fuimos de dos en dos a los extremos de la pista y quince minutos después ya estaba batiéndome a patada voladora en el centro de la pista. La gente se había apartado para hacer una rueda pues había un efecto simpático en una de mis piernas cuando zigzagueaba, el bulto de la granada que me pegaba en la rodilla, si el seguro de la espoleta hubiera andado desdoblado, no hubiera quedado mucho de mi, ni de la muchacha que bailaba conmigo.

Minutos después estábamos bailando los cuatro, sudados y olvidados que éramos unos fugitivos, enemigos del gobierno, ilegales y que en caso de problemas no había más salida que el portón principal que daba a la calle.

En uno de los descansos conversamos con alguna de la gente, y con las muchachas que bailaban con nosotros. No les costó mucho darse cuenta que no éramos del lugar y que teníamos algo sospechoso en el olor. No perdimos el tiempo y les dijimos que éramos soldados del batallón Pipil de la Segunda Brigada de Infantería y que habíamos decidido pasar la navidad en la zona.

Las muchachas y sus amigos se sorprendieron de que hubiésemos dejado la ciudad de Santa Ana, según el cuento, para ir y pasar la nochebuena con ellos. De inmediato nos consideraron sus invitados especiales y la cosa se puso caliente cuando la muchacha con la que bailaba el Peche lo miraba con una sonrisa picara en el momento que Alma Tuneca cantaba, Cuál foco, cuál foco, si esta noche no traje el foco, y el guerrillero que se topaba a la trinchera como en los viejos tiempos.

Y yo que me pongo eléctrico con una bailada que sólo a un desquiciado se le podía ocurrir cuando pusieron Al Compás de Reloj de Bill Haley y sus Cometas, y la granada que casi se me salía de la bolsa del pantalón. Fui el único que se quedó bailando pues los compañeros se fueron a descansar por ahí en lo oscurito, a calentar la mano y el aliento con las muchachas.

Fue entonces que imaginé a esas niñas de vestidos boludos de color pastel, colitas y caritas de rock and roll, y los muchachos de chamarras de cuero negro, y cerré los ojos y comencé bajar moviendo las rodillas hacia los lados, sacudiendo las manos. Cuando me había ido de ahí bien lejos, pero tan lejos, donde no había guerra ni ninguna de sus miserias, sentí la mano en el hombro y la voz de Timo: Los soldados, dijo y Bill Haley soltó la guitarra y al abrir los ojos escuché el último tamborazo de la banda.

No tuve tiempo de hacer una despedida decorosa con la muchacha que bailaba conmigo, pero sonreí con caballerosidad antes de salir, al Peche le fue peor pues ya casi se endamaba. Amado estaba en la entrada del portón, sereno, con el cuete cargado medio encubierto en los pantalones y la camisa.

Una de las niñas nos había avisado por casualidad, cuando Amado bebía una Cocacola ella le dijo: Hay vienen sus compañeros. Al asomar observó la primera patrulla por una tienda. Ahí estaban cuando nos juntamos.

Caminamos despacio, sin dar a entender nada, con las voces de las muchachas atrás de nosotros, un tanto extrañadas de que nos fuéramos tan pronto. Amado, como siempre, tranquilo, diciendo que no fuéramos a correr que esa mierda le caía mal. Que al llegar al siguiente cerco nos saliéramos de la calle, al pasar por la entrada de una casita vimos un grupo de soldados y nosotros con aquellas pistolitas y las dos granadas estábamos fritos.

Sentí que me comenzó a picar la planta de los pies cuando debimos pasar en medio de un grupo de soldados que estaban en dos casas distintas divididos sólo por la calle angosta del caserío. Las granadas iban sin seguro, y las pistolas con tiro en recámara.

Pasaban las doce de la noche y entre los alborotos de los cuetes de los cipotes y los saludos de la gente y el hambre que sin duda andaban los soldados, logramos salir "patitas pa que te quiero".

Dos horas después estábamos de nuevo en el charral, sacando los tendidos de las mochilas y las cobijas. Con el sudor en la frente nos enterramos en la parva de vainas de frijol, donde acostumbrábamos a dormir en el verano y nos olvidamos que era nochebuena.

Ese era el ritmo de la vida de los cuatro gatos locos. Nos movimos de aquella manera unos cuantos meses más, hasta que hubo un cambio de planes. Luego salí herido en una misión de exploración, cuando andábamos con un grupo de compas del ERP, donde andaba el viejo Pipo.

Meses después de salir del hospital, aún sin estar nada bien del brazo, me asignaron otro grupo de guerrilleros, esta vez andaba conmigo Pablo, Carlos, Francisco y otro compañero cuyo nombre se me escapa. Eran unos verdaderos bandidos, pero nos la pasamos bien un largo rato.

Carlos y Francisco terminaron por desertarse, Pablo salió de permiso y no volvió, hoy vive en Suecia. Timo también salió de permiso y no volvió, sigue viviendo con Vilmita en Soyapango, y los padres de ella, veteranos de la guerrilla también, siguen en el mismo rancho del caserío Los Alas del cantón Las Minas, Chalatenango.

El Peche también está vivo, nunca volví a verlo. Amado es hoy el siempre elegante y sereno guerrero, oficial de policía con el grado de clase en la Unidad de Protección a Personalidades Importantes.

Muchos murieron en esa aventura, yo debí salir a Cuba para que me repararan el brazo, luego volví a la guerra en 1988, a seguir comiendo la platada, el resto de la historia, o parte al menos está en un libro que se llama Al Tope y más allá.

Posdata: he omitido hasta donde pude las balas pues creía más interesante recordar a esos guerrilleros, amigos y hermanos, en las cosas menudas de la vida, no necesito probar que Amado, el Peche, Timo, Pablito, Ramón, Harry el Sucio, y tantos otros, fueron hombres valientes y que de alguna manera les debo la vida y lo que soy.

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martes, 28 de octubre de 2008

Las FPL y Mayo Sibrián

Los militantes de las FPL veían en Cayetano Carpio y los demás fundadores los impolutos guardianes de la moral proletaria, dispuestos a combatir, con odio implacable, no solo al enemigo de clase sino también las desviaciones pequeñoburguesas dentro de la misma organización.

Geovani Galeas/Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com

El primero de abril de 1970, no más de doce hombres se reunieron en secreto, en algún lugar de San Salvador, para fundar la que con el correr de los años llegaría a ser la guerrilla salvadoreña más grande y poderosa, pero también la más dogmática y sectaria: las Fuerzas Populares de Liberación, FPL.

Por esas mismas fechas, un grupo de jóvenes universitarios, formados en su mayoría en la corriente social cristiana, ya se había lanzado a la lucha armada clandestina, formando el núcleo inicial de lo que luego se convertiría en el Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP

Los fundadores de las FPL provenían de otra tradición ideológica. El 30 de marzo, apenas un día antes de su cónclave clandestino, habían renunciado a su militancia en el Partido Comunista, del cual uno de ellos, Salvador Cayetano Carpio, había sido el Secretario General en los últimos seis años.

Carpio, un panadero de cincuenta años de edad por entonces, se había enrolado en las luchas sindicales desde 1943, y por ello había sido perseguido y encarcelado en varias ocasiones. A finales de los años cuarenta se integró al partido comunista; en 1953 cayó preso de nuevo y fue torturado por la policía. Cuando salió de la cárcel, después de veintiún días de mantenerse en huelga de hambre, sus camaradas lo enviaron a Moscú para que realizara estudios de marxismo-leninismo en la Escuela Superior de Cuadros del Partido Comunista de la Unión Soviética.

Después de cuatro años concluyó su preparación, y luego de una estancia de tres meses en la China maoísta regresó a El Salvador, en 1957. Siete años después, en 1964, fue elegido Secretario General del Partido Comunista. Carpio no solo era un obrero él mismo sino que también era profundamente obrerista. Todo su pensamiento y su actividad tenían por base la afirmación marxista de que la clase obrera es la fuerza motriz de la revolución y es, además, depositaria natural de los más altos valores humanos.

Su radicalismo ideológico, en ese punto, generaba un permanente conflicto con los dirigentes comunistas provenientes de la clase media y aun de estratos económicos altos, intelectuales en su mayoría.

Al asumir la dirección del Partido Comunista, Carpio se concentró en el trabajo de organización obrera, inyectando en los sindicatos un elevado nivel de combatividad que culminó, hacia finales de los años sesenta, con intensas jornadas de protestas y huelgas. El panadero estuvo personalmente al frente de esas luchas, mostrando una tenacidad extraordinaria y un temple combativo expresado en su capacidad de resistencia ante la persecución, la cárcel y la tortura. Su gesta comenzaba a ser legendaria en los círculos de la izquierda salvadoreña.

El plan de Carpio consistía en desatar la violencia insurreccional de las masas. Pero esa voluntad, al menos según su propia percepción, se enfrentaba a la oposición de un bloque de derecha enquistado en la dirigencia comunista, y cuyo dirigente más representativo era Schafik Handal. Ese bloque se inclinaba hacia las formas legales de la lucha política, principalmente hacia la construcción de alianzas electorales con sectores que Carpio consideraba pequeñoburgueses.

Desatada la pugna ideológica entre esas dos corrientes, las posiciones de Carpio fueron finalmente derrotadas en los órganos de dirección partidaria. Aislados, Carpio y sus seguidores más cercanos optaron por la renuncia y por el compromiso de fundar una nueva organización cuyo principal esfuerzo, en esa fase inicial, se centraría en el aspecto militar.

Carpio y sus compañeros se clandestinizaron y a los pocos días comenzaron a ejecutar sus primeras acciones, que básicamente consistieron en asaltar a policías y vigilantes nocturnos para quitarles las pistolas. En los medios obreros, donde eran muy conocidos, comenzaron a preguntar por ellos, y pronto comenzó a rumorearse de que estaban formando una guerrilla. Al parecer no eran pocos los que querían sumarse a ese nuevo esfuerzo, pero ello implicaba una grave amenaza de desprendimientos dentro del Partido Comunista.

Para conjurar ese riesgo, la dirigencia comunista comenzó a propalar una especie, según la cual quienes habían abandonado el partido eran provocadores al servicio del enemigo, y concretamente eran instrumentos de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, según lo denunciaría después en varios escritos el propio Carpio.

Esa acusación, o más bien la tendencia a considerar como traición todo desacuerdo político, habría de marcar el aspecto más negativo de la izquierda salvadoreña en su conjunto, y sería la base directa de al menos tres de los hechos más dramáticos que marcan su historia: el asesinato de Roque Dalton en 1975, por parte del ERP; el asesinato de la comandante "Ana María" (segunda al mando de las FPL), ejecutada en 1983 mediante más de ochenta puñaladas por órdenes del mismo Carpio, según la posición oficial de esa misma organización; y la sanguinaria purga masiva realizada en el frente paracentral entre 1986 y 1989 por las FPL.

En una entrevista concedida al Servicio Informativo Ecuménico Popular, SIEP, en julio de 2008, Eduardo Santacruz, un antiguo militante que actualmente es miembro del tribunal de ética del FMLN, relata un detalle sumamente interesante relativo a la ruptura de Carpio con el Partido Comunista.

Santacruz había realizado un viaje a la ex Unión Soviética en esa época. A su regreso a San Salvador se entrevistó en una reunión privada con Carpio, quién le explicó las razones por las que renunciaría al partido, y lo invitó a que lo acompañara a fundar otra organización. Santa Cruz no aceptó, y dice:

-El 30 de marzo (de 1970) Carpio presenta su renuncia, y es aceptada. Entonces él devolvió bienes, entregó documentos y se le facilitaron fondos por algún tiempo, se le facilito vehículo y chofer, que era "Mayo Sibrián", que era el chofer de Carpio.

No es difícil deducir entonces que, muy probablemente, "Mayo Sibrián" fue uno de los fundadores de las FPL; es decir, miembro del primer y casi mítico Comando Central, el máximo organismo de dirección de esa naciente organización.

Contra las "desviaciones pequeñoburguesas" del ERP y otros grupos insurgentes, las FPL se autodefinía como garante exclusiva de los genuinos intereses proletarios, y por lo mismo como la vanguardia indiscutible del movimiento revolucionario salvadoreño. Su estrategia político-militar, definida como Guerra Popular Prolongada, GPP, partía de una certeza: luego de que el movimiento revolucionario derrotara al enemigo local (la oligarquía terrateniente y el ejército), tendría que enfrentar inevitablemente una invasión del imperialismo norteamericano.

Por ello era preciso preparar al pueblo para una larga y sangrienta guerra ("una revolución antioligárquica, anticapitalista y antiimperialista"), mediante la combinación de todas las formas y los medios de lucha, con un principio orientador básico: avanzar siempre bajo la guía del marxismo-leninismo que, se decía en sus documentos, por ser un pensamiento científico era inimpugnable.

Había también otro principio básico: el odio incesante, implacable y consciente al enemigo. Ese odio se expresaba con toda claridad en las dos consignas históricas de las FPL: "Porque el color de la sangre jamás se olvida, los masacrados serán vengados", "No negociaremos jamás sobre la sangre de nuestros muertos".

En sus primeros tres años de existencia, las FPL en su conjunto eran una extensión refleja de las virtudes y de los defectos personales de su fundador y máximo dirigente, Cayetano Carpio. Sus combatientes eran tenaces, severos, abnegados hasta el sacrificio extremo, dogmáticos y sectarios. Todos, independientemente de su origen de clase, habían pasado por un duro proceso de proletarización en su pensamiento y en su estilo de vida.

Dirigentes y militantes vivían con suma austeridad en los mesones más baratos de los barrios pobres, como si de aquellos primeros cristianos de las catacumbas se tratara, y como aquellos mismos practicaban un estricto ritual disciplinario que, en lugar de Dios, tenía por centro el ideal proletario, cuya viva encarnación era Cayetano Carpio.

En 1973, un comando de las FPL, en el que participaban directamente los fundadores y el mismo Carpio, realizó una arriesgada operación que consistió en el asalto, toma y destrucción del Consejo Central de Elecciones. En el refuego, uno de los guerrilleros del equipo de choque cayó herido ya en el interior del edificio, que para ese momento era devorado por las llamas. Sus compañeros lo creyeron muerto y se retiraron del lugar. El hombre, sin embargo, se arrastro entre el fuego y pudo salir de la zona, aunque quedó lisiado en una silla de ruedas durante un buen tiempo. Ese combatiente era "Mayo" Sibrián", y ese episodio pasó a formar parte de la "gesta gloriosa" de las FPL.

Con todo, el marxismo que Carpio había estudiado en Moscú, en los años cincuenta, era una doctrina simplificada y bastante superficial, condensada en aquellos tristemente célebres manuales hechos a la medida de la pequeña estatura intelectual de José Stalin. Por otra parte, la pureza ideológica propugnada por Carpio había hecho posible la mística combativa de los primeros dirigentes de las FPL, pero dogmatizaba y sectarizaba a la organización.

En ese contexto, los militantes de las FPL veían en Carpio y los demás fundadores a los impolutos modelos y guardianes de la moral proletaria, dispuestos a combatir en todo momento y hasta la muerte, con odio implacable, no solo al enemigo de clase sino también las desviaciones pequeñoburguesas que pudieran germinar dentro de la misma organización.

No fue casual entonces que, en 1983, según la versión oficial de las FPL, Carpio considerara una infiltrada a su segunda al mando, comandante Ana María, y le ordenara al jefe de seguridad interna de las FPL, comandante Marcelo, que la ejecutara. La orden fue cumplida en Managua mediante más de ochenta puñaladas... ¿de qué otra manera merece morir un traidor?, habrán pensado los ejecutores.

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